lunes, 9 de febrero de 2009
Un día como aquellos
miércoles, 4 de febrero de 2009
Not quite right
martes, 27 de enero de 2009
So here we are... again
A la mañana siguiente, descubrí unas grandes quemaduras en mis brazos, opuestas a los codos. Aunque seguí las ñoñas recomendaciones de los anuncios que pasan en la tele (“there’s nothing healthy about a tan”) y me puse bloqueador cada 2 horas, el sol no perdona en el hemisferio meridional. Como sea, no había dolor lo cual es suficiente para mí.
Los 2 días siguientes transcurrieron como debían, esta vez con mi cuate Powell, en verdad un tipazo que por algunas razones no pudo estar presente el viernes. Pero pensándolo bien, no estuvo tan mal porque al menos tuve algo qué contar ese día.
Sin embargo, cuando estuvimos en la Margaret Court Arena viendo a González despachando a Gasquet en 5 sets, vi que le iba al hombre equivocado. Shame on you… como sea, fuimos testigos de un grandísimo juego que duró más de 4 horas, desde un lugar realmente privilegiado. Definitivamente, asistir al Australian Open es comparable con el ir al concierto de un buen músico, pues pagando una bicoca uno puede estar horas y horas al borde del asiento. Una experiencia única y memorable.
Lo que pasó al final, sin embargo, liberó más adrenalina de mis glándulas que horas y horas de tenis: al llegar (rayando por supuesto) al aeropuerto, nos informaron que nuestro vuelo estaba retrasado una hora. Nada grave, pensé, aunque una ligera mancha de preocupación invadió mi ser: tenía que llegar a Canberra esa misma noche pues tenía que empacar para irme temprano al día siguiente a Sydney y de ahí tomar el vuelo que daría inicio a mis vacaciones en nada menos que mi hometown (ingrato y pretencioso, ahora que lo pienso). Al final, hora y media después de la supuesta salida del vuelo, nos informaron que éste había sido cancelado, lo cual como podrán imaginar, casi me provoca un infarto y unas ganas tremendas de llorar. Todo se derrumbaba ante mis ojos; ese boleto que había cambiado 3 veces, el camión pagado por anticipado, el conteo regresivo que llevaba desde hacía 2 semanas. En fin, una verdadera catástrofe que los 140 dólares que nos ofrecieron para cubrir el hospedaje de esa noche no eran capaces de cubrir.
Historia larga, post (relativamente) corto: al final tuve que comprar otro boleto de avión para llegar a Sydney, dormir menos de 4 horas en un muy mamón Hilton, y cruzar los dedos para que el vuelo de la mañana siguiente sí saliera a tiempo, lo cual no ocurrió. Así que al final tuve que empacar en cuestión de 40 minutos y regresar en friega al aeropuerto, sin siquiera una oportunidad de bañarme ni rasurarme. Y sí, sus sospechas son ciertas: olvidé sus regalos, los que tanto trabajo me costó elegir. Como sea, eso me sirvió para batir una especie de récord que espero que exista, pues tuve que tomar 5 vuelos en un mismo día: el vuelo de regreso más nefasto en la historia del universo.
¿Pero saben qué? Al menos redescubrí un par de canciones que me llenaron el alma de cosas bonitas, muy necesarias en aquellos no tan distantes momentos de estrés y furia, y la verdad esperaría que hagan lo posible por escucharlas al menos una vez poniéndose en mis zapatos. Lo que uno agradece en esas circunstancias…
1) Arms of love, original de Robyn Hitchcock, reinterpretada por R.E.M. Una canción genial que me llega directo al corazón, sin importar dónde, ni cómo, ni cuándo.
2) When they ring the golden bells, original de no-sé-quién, reinterpretada por Natalie Merchant y Karen Peris. Simplemente hermosa, llena de esperanza, interpretada por 2 de las voces más emotivas que he escuchado en mi vida. Ese momento a los 48 segundos me derrite las entrañas…
Gracias.
Game, set, catch...
Todo comenzó hace exactamente un mes, cuando por flojos y desidiosos no compramos unos ciertos boletos que me hacían salivar. Después de una increíble cantidad de cambios e imprevistos, el plan original quedó casi deshecho, pero simplemente no había poder humano que me hiciera desistir.
El viernes pasado tenía un vuelo que tomar demasiado temprano, lo que implicaba estar en una cierta parada de camión a las 7.10 am. Por increíble que pudiera parecer, sí llegué a tiempo, aunque sólo para ver cómo el camión que supuestamente se encargaría de llevarme al aeropuerto se alejaba lentamente de la bahía número 6… Aunque todo se quedó en un buen susto, pues por alguna razón el camión dio la vuelta a la manzana y regresó a subir pasaje.
En fin, el resto del trayecto a Melbourne transcurrió sin incidentes; del aeropuerto directo a Melbourne Park, sin tiempo para escalas, más que para comprar un muy necesario Red Bull y una botellota de agua. Al llegar a una estación cercana en Flinders St., de donde salían tranvías gratis hacia el complejo tenístico, el ambiente (o debería decir el gentío) se empezó a sentir. O al menos lo supongo, pues yo estaba tan emocionado que estaba pensando en otras cosas.
Un par de penosos incidentes me hicieron comprender que la reventa NO es ni legal ni bien vista en Australia, así que entré a Melbourne Park, dirigiéndome inmediatamente a la Margaret Court Arena, donde estuve viendo un buen partido hasta que un vistazo al reloj me hizo darme cuenta de que habían pasado casi 3 horas. En fin, supongo que no a muchos les interesan los detalles de los partidos que me tocó ver, así que penosamente relataré una anécdota que pasó horas después, graciosa a la distancia, pero que no lo fue tanto en ese momento.
Berdych jugaba contra Wawrinka, un partidazo de tercera ronda que, por alguna inexplicable razón, no llenó ni siquiera a la mitad el estadio. Bueno, claro, la no tan inexplicable razón se llama Roger Federer, que jugaba horas después contra Safin. En fin, el caso es que yo tenía un excelente lugar en las gradas, donde al cabo de un rato la sección en la que me encontraba se vació prácticamente. Yo tenía el tiempo contado, pues tenía que irme antes de que el transporte público dejara de funcionar. Un buen partido de tenis, bastante entretenido, pero justo cuando el cuarto set empezaba y yo ya miraba nerviosamente el reloj, algo raro (por no usar otra palabra) pasó: un cabrón vino a sentarse justo a mi lado, cuando había decenas de lugares vacíos a mi alrededor. De reojo podía sentir su mirada, bastante obvia diría yo, expectante, agresiva, intrusiva. Hasta ese momento, yo ni siquiera me había atrevido a mirar en su dirección, y no había mucho que pudiera hacer pues uno no puede levantarse de su asiento hasta que los jugadores cambian de lado, lo cual pasa cada 10 minutos aproximadamente. Como ya tenía que irme pronto, esperé ansioso el momento de huir.
El momento llegó, salí por patas. Atravesé la puerta de acceso, sonriendo triunfante. Caminaba hacia la salida cuando súbitamente, volteando hacia atrás, vi algo que me dejó paralizado: el tipo se había levantado también y me estaba siguiendo! Apuré el paso, y ahí seguía. Decidí frenarme y encararlo, con cara de OLVÍDALO, NO MAMES. Al menos no tenía la cara de enfermo depravado violador de menores que hubiera imaginado; más bien se veía bastante normal (de hecho le daba un aire a Dane Cook). Y como buen primermundista, no sacó una navaja para amenazarme, simplemente aceptó su suerte de mala gana dando la media vuelta. No pude evitar soltar una carcajada: el Australian Open tiene ABSOLUTAMENTE de todo.
Caminé hacia afuera, contemplando la Rod Laver Arena a la distancia. Tomé el tranvía y me fui directo a dormir, sin cenar como originalmente había pensado: se me había quitado el hambre por completo.
viernes, 16 de enero de 2009
Du, levande
sábado, 10 de enero de 2009
Sense overload
Ustedes disculparán la demora, pero ha sido un período desgastante en muchos sentidos. Este debería ser un momento de epifanía, pero por muchas razones, no puede serlo. Hay demasiadas cosas atoradas en mi humilde cabecita. Ha sido un tiempo de mucho estrés, por razones que, espero entiendan, no puedo divulgar, pero a la vez ha sido una gran oportunidad de iluminación y de sobrecarga sensorial que van más allá de mí.
Apenas ayer regresé de Sydney; así es, decidí regresar, justo ahí, después de vivir una experiencia breve pero increíblemente esperanzadora. Una experiencia que me trajo grandes cosas: energía, perspectiva y vayan ustedes a saber cuántas cosas más. Lo que a DJ Chachalaca le produce una merecida carcajada de gusto, a mí me merece muchísimas otras cosas, muy difíciles de describir. Me contraria mi adolescencia de lenguaje, pero me satisface el balance innegablemente positivo… sé de dónde vengo, y sé cuál es mi destino.
Por una parte, Sydney contiene lo que para muchos sería la vida perfecta: cosas qué hacer, personas qué conocer, lugares por visitar. Pero me he dado cuenta tras esta más reciente experiencia, que todo se reduce a lo que uno vive y siente. El lugar se vuelve un factor secundario, pues, volviendo a lo mismo, uno absorbe y utiliza lo que vive por sí mismo sin importar el dónde ni el cuándo ni el cómo. Ahhh, y si a eso le añadimos el puto calor y la humedad, no resulta tan atractivo. No pretendo ser injusto, pues en verdad es una ciudad encantadora, donde el estilo de vida permite, si no exige, pasar tardes en playas increíbles, contemplando a las mujeres mejor formadas en este mundo. Pero de todos modos, todo eso es una distracción solamente…
Ahora, de vuelta en la capital (lo que a muchos le sonaría como fanfarronería pero acá es todo lo contrario), la vida es mucho más simple. Mi depa sigue exactamente como lo dejé, aunque yo esperaba que Simon hubiera regresado para arreglar el internet. Como sea, es un tiempo que he tomado para detenerme un momento de varios días, y pensar en todo y en nada a la vez. Evidentemente no hay lo que en Sydney, pero esto es lo que yo llamo hogar, y me gusta. Es una cuenta regresiva, aunque para qué, ya no lo sé. Por lo pronto, he sido bendecido con el mejor regalo posible, pues pasan el tenis en 3 canales simultáneamente, y eso me llena de alegría: al final de cuentas, este es un noble país.
Mi mente y mi corazón se encuentran llenos de cosas buenas. Y me siento afortunado.
Y ya pronto llegará mi día…
viernes, 2 de enero de 2009
Fuegos de artificio

Un abrazo a todos.